Lápices de colores usados en la mesa, algunos sin punta,
un cenicero con colillas apagadas ya consumidas en el balcón,
La silla retirada de la mesa y una taza de café recién hecho a medio terminar sobre ella.
Las sábanas arrugadas manteniendo aun el calor del cuerpo que acababa de levantarse.
Detesto las casas perfectas, esas en las que los cojines no tienen ni una arruga, no se ve ni una mota de polvo sobre las mesas y las cocinas están impolutas, como si allí no se cocinase nunca, esas que a veces salen en televisión.
Tampoco existen las vidas perfectas y aunque cada día salimos a la calle con nuestra mejor sonrisa, todos escondemos pesares y tristezas pero solo algunas veces se traslucen en nuestra mirada.
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