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jueves, 29 de noviembre de 2018

Najyala

Cada tarde, sentada en el alféizar de su ventana, miraba hacia el parque que se extendía delante de ella.

Tenía una vida feliz pero con frecuencia recordaba su infancia en una aldea lejana en el centro de África.

Recordaba a su familia y a sus hermanos y también el pasar de sus días entre el polvo y el hambre, las famelicas cabras que su padre cuidaba y sus viajes diarios a por agua a un pozo alejado de la aldea.

Soñaba con que sus amigas y sus hermanas hubieran tenido la misma suerte que ella.

Alejada de las prácticas tradicionales de sus ancestros, había sido sacada de su aldea por una ONG cuando contaba solo con 8 años. Ahora, una mujer adulta de 32 años, luchaba contra esas tradiciones que mutilan a las niñas de por vida, dejándolas injustamente marcadas para siempre.

Aunque era feliz, en sus ojos siempre había una chispa de tristeza que nunca podrá desaparecer.







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