Tenía una vida feliz pero con frecuencia recordaba su infancia en una aldea lejana en el centro de África.
Recordaba a su familia y a sus hermanos y también el pasar de sus días entre el polvo y el hambre, las famelicas cabras que su padre cuidaba y sus viajes diarios a por agua a un pozo alejado de la aldea.
Soñaba con que sus amigas y sus hermanas hubieran tenido la misma suerte que ella.
Alejada de las prácticas tradicionales de sus ancestros, había sido sacada de su aldea por una ONG cuando contaba solo con 8 años. Ahora, una mujer adulta de 32 años, luchaba contra esas tradiciones que mutilan a las niñas de por vida, dejándolas injustamente marcadas para siempre.
Aunque era feliz, en sus ojos siempre había una chispa de tristeza que nunca podrá desaparecer.
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