Mirando con la vista pérdida la verja que la separaba del jardín, se dió de pronto cuenta, de que los rombos del enrejado se agrandaban, se hacían enooormes, tan grandes, que podía meterse por uno de ellos, algo que obviamente no era posible.
En ese estado se encontraba, concentrada en el rombo metálico, imaginándose en ese bonito jardín, cuando un golpe seco en la ventana de su coche, la hizo volver a la realidad.
Cada día con ilusión entraba en ese hueco que dejaba el rombo al agrandarse y miraba sin ver, se aislaba del mundo en una burbuja que la llevaba allí donde su imaginación quería. Todos los días dedicaba unos minutos a eso, a viajar lejos con su mente, a disfrutar dejando volar su imaginación a través de sus escritos, a disfrutar de los pocos minutos que en ese coche, aparcada cerca del jardín, se tomaba para si misma, era su tiempo.
De este modo se conectaba con el mundo, imaginando y luego expresando lo que pensaba y vivía, contando a confidentes mudos, imaginarios, sus sueños, sus pensamientos... a sabiendas de que sólo alguno podía entenderla. Solo aquellos que conocían su realidad.
Esto la hacía inmensamente feliz.
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