Y el corazón sordo, ciego y autista, desobedece rebelde las órdenes de un cerebro
que sigue tratando de comprender lo irracional.
Y así, en esa disparidad,
en cada pensamiento y en cada latido,
unos ojos azules se llenan de lágrimas que se derraman empapando la almohada cada noche,
de su boca, gritos mudos se ahogan en su garganta diciendo en silencio cada día su nombre,
y sus manos buscan acariciar ese cuerpo suave y gris que descansaba a su lado.
Corazón y cerebro
no se ponen de acuerdo
y el sentimiento gana a la razón, gobernando sin piedad sus días.
| Sira y el mar |
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