Reflejada en el espejo, se veía la lámpara de salón, una inmensa araña de cristal que colgaba del techo con miles de lágrimas trasparentes que multiplicaban la luz en la habitación. En el centro, una pareja bailaba la suave música de la orquesta.
Mientras, ella, ajena a lo que ocurría a su alrededor, sin escuchar las voces, ni el tintineo de las copas o el ruido de los truenos y la lluvia, observaba la fiesta discurrir, igual que una muñeca con los ojos fijos, mira desde la cama de su dueña su ir y venir.
Y entre tanta gente deseó ser trasparente, deseo desaparecer de esa fiesta en la que no encajaba, deseo huir..., entonces se hizo invisible.
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