El frío de la calle hacía que el vaho de su respiración empañara el cristal de la ventana, pasó su puño y la limpió dejando un espacio hueco por el que mirar al exterior.
Reflejado en el cristal vió un rostro, era un niño y recordó con cariño sus primeras palabras, sus abrazos, los cuentos antes de dormir, las pelis del fin de semana, su infancia...
Allí, parada e instalada en el pasado, junto al hueco que había dejado en el vaho, dibujó un corazón sin pensarlo, se giró, anduvo hasta la puerta y después de mirar de nuevo atrás la cerró despacio.
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